Drukpa Kunley

      Drukpa Kunley se propuso a continuación domar al demonio de Wong Gomsarkha, que amenazaba con exterminar a los habitantes del distrito de Thimphu. Desde lo alto de su guarida, este demonio-serpiente aterrorizaba a los habitantes que vivían en las terrazas del valle y al borde del río. Este demonio los raptaba por la noche y pronto no quedó en el país más que una mujer anciana. Kunley se aventuró por el territorio del demonio, puso su arco y sus flechas en el suelo, así como una larga espada a modo de almohada. Dispuso a su lado una olla de tsampa de la que no comió nada, pero se embadurnó con ella el trasero. Después se empalmó. Recostado sobre sus espaldas esperó tranquilamente al demonio, el cual no tardó en aparecer.
      -¡Adzi! -exclamó el demonio-. ¿Qué es esto? Nunca he visto nada igual. ¡Quizá tenga buen sabor!
      Con una voz fuerte llamó a sus esclavos, espíritus elementales que se abalanzaron sobre el lugar en número infinito, como moscas sobre carne putrefacta. Algunos eran de la opinión de que el cuerpo estaba muerto, otros decían que estaba vivo.
      -Si no sabemos qué es, lo mejor será que no nos lo comamos -dijo el monstruo de Phuya-. El cuerpo está caliente, luego no puede estar muerto. No respira, luego no puede estar vivo. Hay una olla de tsampa, luego no ha muerto de indigestión. Su cabeza descansa sobre armas, luego es poco probable que haya muerto de miedo. Su pene está aún erecto, luego estaba vivo hace poco tiempo. De su ano salen gusanos, luego no ha muerto hoy. Sea lo que sea, no parece comestible. ¡Dejémoslo ahí donde está!
      -¡Pero esta noche nos comeremos a la vieja! -dijo el demonio-serpiente-. ¡Al anochecer nos encontraremos todos en la puerta de la casa de la vieja!
     Todos estuvieron de acuerdo y desaparecieron.
     Kunley se levantó y se fue derecho a casa de la vieja.
     -¿Cómo te va, vieja?
     -Sé bienvenido -respondió ella-. Pero estoy desesperada.
     -¿Cuál es tu problema? ¡Cuéntame!
     -Hace mucho tiempo fui rica -respondió ella-, pero como ningún Buda ni ningún Adepto puso nunca sus pies en este pobre valle perdido, unos demonios furiosos se han llevado y han devorado a los hombres y al ganado. ¡Huye mientras aún estás a tiempo o te comerán crudo! Si mañana no estoy aquí, puedes llevarte todo lo que hay en esta casa de valor y quedarte con ello o distribuírselo a los pobres.
     De esta manera, le confió su última voluntad.
     -Las cosas no van tan mal como parecen -le dijo el Lama-. Esta noche me quedaré contigo. ¿Tienes cerveza?
     -Tenía un poco, pero los diosecillos y los diablillos me han robado la levadura. Nó sé si el grano tiene aún algo de sabor.
     -Tráeme el grano y ya veré.
     La noche cayó mientras bebía. Los demonios llegaron. Al comenzar su aquelarre, la vieja se puso a llorar, histérica de miedo.
     -Quédate ahí. No te preocupes -le dijo Kunley-. Yo me ocuparé de ellos.
     Cogió con su mano su pene erecto, y lo metió por un agujero de la puerta lo suficientemente amplio como para meter un puño.
     Un Relámpago Cegador de Sabiduría surgió de él y golpeó la boca inmunda del demonio, haciéndole saltar cuatro dientes arriba y cuatro abajo.
     -Algo me ha golpeado la boca -gritó salvajemente el demonio. Y huyó, derrumbando las terrazas del valle hasta llegar a la gruta llamada Estandarte de la Victoria del León, en la cual la monja Loto Samadhi practicaba una profunda meditación sedente.
     -Naljorma, algo sobrenatural me ha herido en la boca -gritó el demonio sin aliento.
     -¿Qué era? ¿De dónde salió?
     -Surgió de la casa de la vieja de Gomsarkha. Un hombre extranjero, ni monje ni laico, me golpeó con un martillo de hierro ardiente -contó el demonio lamentándose.
      -Has sido alcanzado por un arma mágica -respondió la monja-. Este tipo de heridas no curan nunca. Si no me crees, ¡mira!
      Se subió el vestido y abrió las piernas.
      -Esta herida me fue causada por el mismo arma. No hay manera de curarla.
      El demonio metió un dedo en la herida de la monja y se lo llevó después a la nariz:
      -¡Puaf! ¡Qué mal huele! ¡Esta llaga está infectada! ¡Y supongo que a la mía le pasará lo mismo. ¿Qué puedo hacer?
      -¡Escúchame, voy a decírtelo! Vuelve a ver a aquel que te ha herido. No se habrá movido de allí. Su nombre es Drukpa Kunley. Ofrécele tu vida y jura que jamás atormentaras a ningún ser vivo. De esta manera podrás salvarte.
      El demonio aceptó este consejo y volvió a la casa donde le esperaba el Lama. Se prosternó ante él y le dijo:
      -Estoy a tus órdenes. Te ofrezco mi vida.
      Kunley puso su Rayo encima de la cabeza del demonio, le dio la ordenación de laico y lo comprometió con los votos de Bodhisattva. Le llamó Diablobúfalo y lo invistió con los poderes de Protector de la Realidad. Aún hoy día, este demonio continúa siendo el señor de Gomsakha y la gente sigue haciéndole muchas ofrendas.
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Retorno a las raíces. Vida Pasión y Poder.
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