El Espectro del Umbral – Zanoni

Es de noche… Todo reposa en el viejo castillo… Un silencio sepulcral reina bajo las pálidas estrellas.

Ha llegado la hora. Mejnour, con su austera sabiduría; Mejnour, el enemigo del amor; Mejnour cuya mirada leerá en tu corazón, te negará los secretos ofrecidos, porque el bello semblante de Fílida interrumpe esa existencia, parecida a la muerte, que él llama reposo. ¡Fuera miedo! ¡Ahora, ó nunca! Así, intrépido joven… enmienda tus errores… Así, con pulso firme; tu mano abre otra vez la vedada puerta.
Glyndon colocó su lámpara al lado del libro, que todavía permanecía abierto; empezó a volver hojas y más hojas, pero no pudo comprender su significado hasta llegar al pasaje siguiente:

“Cuando el discípulo está de esta manera iniciado y preparado, abre la puerta del armario, enciende las lámparas, y humedece sus sienes con el elixir. Sin embargo, debe tener cuidado cómo bebe el volátil y terrible espíritu. Probarlo, hasta que, por medio de repetidas aspiraciones, el cuerpo se ha acostumbrado gradualmente al estático líquido, es buscar, no la vida, sino la muerte.”

Glyndon no pudo llevar más adelante sus indagaciones, pues aquí las cifras cambiaban otra vez. Púsose a mirar fijamente y con ansiedad en derredor de sí. Los rayos de la luna entraron a través de la persiana cuando su mano abrió la ventana, y así que su misteriosa luz se fijó en las paredes y en el suelo de la habitación, parecía como si hubiese entrado en ella un poderoso y melancólico espíritu. El joven preparó las nueve místicas lámparas en el centro del cuarto, y las fue encendiendo una por una. De cada una de ellas brotó una llama azulada que llenó el cuarto de un tranquilo, pero a la vez, casi deslumbrante resplandor. Aquella luz se fue volviendo poco a poco más suave y más pálida, en tanto que una especie de nube parda como una niebla, se esparcía gradualmente por la habitación. De pronto un frío agudo y penetrante se apoderó del corazón del inglés y se esparció por todos sus miembros como el frío de la muerte. Conociendo instintivamente el peligro que corría, quiso andar, pero halló en ello una gran dificultad; sus piernas se le habían puesto rígidas como si fueran de piedra. Con todo, pudo llegar al armario donde estaban los vasos, y después de beber un poco de espíritu, lavó sus sienes con el chispeante líquido. Entonces, la misma sensación de vigor, de juventud, de alegría y de ligereza aérea que había sentido por la mañana, vino a reemplazar instantáneamente el mortal entorpecimiento que un momento antes parecía iba a robarle la vida. Glyndon se cruzó de brazos, y, erguido e impávido, esperó el resultado.

El vapor casi había tomado la densidad y la consistencia, al parecer, de una nube de nieve por entre la cual las lámparas lucían como estrellas. Glyndon veía vagar sombras distintas que, como si fuesen formas humanas, hacían diferentes evoluciones en medio de la nube. Estas sombras eran transparentes, y se contraían o dilataban como una serpiente. Mientras se movían majestuosamente, el joven oía un débil murmullo, como si fuera de voces agradables y moduladas, semejantes al canto de una dicha tranquila. Ninguna de esas apariciones parecía reparar en él. El vehemente deseo que sentía de acercárseles, de ser de su número, de ejecutar uno de aquellos movimientos de aérea felicidad, pues tal le parecían a él, le hizo extender sus brazos, esforzándose en llamarlas; pero solamente salió de sus labios un inarticulado sonido. El movimiento y la música seguían como si se encontrase en las inmortales regiones. Las sombras se deslizaban tranquilamente alrededor del cuarto, hasta que, con la misma majestuosa simetría, una tras otra, salían por la ventana y se perdían en la luna. Entonces, al seguirlas con la vista, la ventana se obscureció con algún objeto indistinguible al principio, pero que fue bastante por sí solo para cambiar en indecible horror el placer que experimentara. Este objeto fue gradualmente tomando forma. Parecía una cabeza humana, cubierta con un velo negro y denso, a través del cual lucían, con brillo infernal, dos ojos que helaban la sangre en sus venas. Nada más se distinguía en su rostro, sino aquellos insufribles ojos; pero aquel terror, que parecía imposible que una persona pudiese resistir por mucho tiempo, fue mil veces mayor, cuando, después de una pausa, el fantasma penetró dentro del cuarto, por su forma se adivinaba que era una mujer, aunque no se movía, como lo hacen las apariciones que imitan a los vivos, sino que parecía arrastrarse como un enorme reptil. Al llegar junto a la la mesa donde estaba el místico volumen, se detuvo y se agachó, fijando otra vez sus ojos, a través del denso velo, sobre el temerario invocador. La nube parecía haberse retirado; las lámparas se extinguían y su llama vacilaba como movida por el aliento o la presencia de la aparición. El pincel más exagerado de los inspirados pintores del Norte no hubiese sido capaz de bosquejar siquiera, al querer pintar el genio del mal, el aspecto de horrible malignidad que respiraban aquellos ojos. Todo lo demás de la sombra era negro… impenetrable… indistinguible… de aspecto monstruoso.

Pero aquel resplandor tan intenso, tan lívido, y sin embargo, tan brillante, tenía algo que era casi humano en su expresión de satírico odio, algo que revelaba que la aparición no era todo espíritu, sino que tenía bastante de material, para presentarse más terrible y amenazadora, como enemiga de las personas. El joven, en su cruel agonía, parecía agarrarse a las paredes…; sus cabellos se erizaron, en tanto que con los ojos desencajados, contemplaba la terrible visión que le había dirigido la palabra. Su voz parecía hablar más bien al alma que al oído del desgraciado Glyndon, cuando le dijo:

-Has entrado en la inmensa región. Soy el Espectro del Umbral. ¿Qué quieres de mí? ¿Callas? ¿No soy tu querida? ¿Acaso no has sacrificado por mí los placeres de tu raza? Si quieres ser sabio, ven; yo poseo la sabiduría de millares de siglos. ¡Bésame, querido mortal!

¡Mientras decía esto, la visión, arrastrándose poco a poco hacia Glyndon, se puso a un lado, tanto, que sintió en su mejilla el aliento de la terrible sombra! Arrojando un grito desgarrador, el joven cayó al suelo desmayado, y nada más supo de lo que allí pasó, pues cuando volvió en sí, a las doce del siguiente día, se encontró en su cama. Los rayos del sol entraban a través de las persianas de su ventana, mientras que el bandido Páolo, limpiando su carabina junto a él, silbaba una alegre tonada calabresa.

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Acerca de kalima001

Momento de afianzar, momento de realizar todo lo vivido, lo estudiado, lo sentido. El mejor momento de la vida, SER.
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