El Tonal y el Nagual – Carlos Castaneda

REDUCIR EL TONAL

LA MAÑANA del miércoles dejé mi hotel a eso de las nueve cuarenta y cinco. Caminé despacio, permitiéndome quince minutos para llegar al sitio en el que don Juan y yo habíamos quedado de vernos. Él había elegido una esquina del Paseo de la Reforma, a cinco o seis cuadras de distancia, frente a la oficina de boletos de una aerolínea.

Yo acababa de desayunarme con un amigo. Quiso acompañarme, pero le insinué que iba a ver a una muchacha. Deliberadamente, caminé por la acera opuesta al lado de la calle donde estaba la oficina. Tenái la persistente sospecha de que mi amigo, que siempre me pedía presentarle a don Juan, sabía que yo iba a verlo y acaso me siguiera. Temía que, de volverme, lo hallaría detrás de mí.

Vi a don Juan en un puesto de revistas, al otro lado de la calle. Empecé a cruzar, pero tuve que detenerme en el camellón y esperar hasta que fuera seguro atravesar el resto de la ancha avenida…

*****

-De veras no sé como -dijo como si leyera mi mente-. Sólo sé que el nagual es capaz de hazañas inconcebibles.

“Esta mañana te pedí observar. Esa escena frente a ti, fuera lo que fuese, tenía un valor incalculable para ti. Pero en vez de seguir mi consejo, te entregaste a lamentar tu suerte y la confusión y no observaste.

“Durante un rato fuiste todo nagual y no podías hablar. Ése era el momento de observar. Luego, poco a poco, tu tonal recuperó las riendas; y antes que tirarte a una batalla mortal entre tu tonal y tu nagual, te hice caminar hacia aquí.”

*****

Tu tonal debe convencerse con razones, tu nagual con acciones, hasta que cada uno apuntale al otro. Como te he dicho, el tonal gobierna, pero así y todo es muy vulnerable. El nagual, en cambio nunca, o casi nunca, actúa; pero cuando lo hace, aterra al tonal.

“Esta mañana tu tonal se asustó y empezó a encogerse por sí mismo, y entonces tu nagual empezó a imponerse.

LA HORA DEL NAGUAL

Don Juan extendió mi mano y me ayudó a levantarme. Mi sensación corporal fue la de que él alzaba dos cuerpos. Sonrió como quien sabe y susurró que había que volverse a la izquierda para enfrentar al nagual. Dijo que el nagual era fatídico y que no había necesidad de acrecentar todavía más el riesgo. Luego me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme eucalipto. Era acaso el árbol más viejo de las inmediaciones. Su tronco era casi dos veces más grueso que el de cualquier otro. Don Juan señaló hacia atrás con los ojos. Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el rostro. Vi sus ojos como dos espejos enormes que reflejaban luz. No quería mirar pero don Juan insistió en que no apartara la vista. En un susurro muy enérgico me ordenó que no parpadeara ni sucumbiera al susto o la entrega.

*****

-Cuando usted le enseña el nagual a Pablito, ¿qué cosa siente?
-No puedo explicarlo -dijo con voz suave-. Y no porque no quiera; sencillamente, no puedo. Mi tonal se para allí.
No quise presionarlo más. Permanecimos un rato en silencio; luego, él empezó a hablar de nuevo.
-Digamos que un guerrero aprende a entonar su voluntad, a dirigirla a un punto directo,a enfocarla donde quiere. Es como si su voluntad, que sale de la parte media del cuerpo, fuera una sola fibra luminosa, una fibra que él puede dirigir a cualquier sitio concebible. Esa fibra es el camino al nagual. O también yo podría decir que el guerrero se hunde en el nagual a través de esa sola fibra.

*****

El atavio de don Genaro lo hacía verse como un cocodrilo peludo y café de patas largas, sentado en una rama. No se discernían su cabeza ni sus facciones.
Enderecé la cabeza hasta una postura normal. La visión de don Genaro disfrazado se mantuvo sin alteración.
Sus brazos se estremecieron. Se paró en la rama, pareció agacharse y saltó hacia el suelo. La rama estaba a cinco o seis metros de altura. Hsata donde yo podía juzgar, fue el salto ordinario de un hombre ataviado con un disfraz.. Vi el cuerpo de don Genaro a punto de tocar el suelo, y entonces la gruesa cola de su disfraz vibró y en vez de aterrizar, despegó como impelido por un silencioso motor de turbina. Ascendió por encima de los árboles y luego planeó casi hasta el suelo. Repitió una y otra vez la maniobra. En ocasiones asía una rama y se mecía dando la vuelta al árbol, o se escondía como una anguila entre las ramas. Y luego planeaba y describía círculos en torno nuestro, o aleteaba con los brazos al tocar su estómago la punta de los árboles.

CARLOS CASTANEDA – “Relatos de Poder” , Fondo de Cultura Económica, 2002

TONAL Y NAGUAL

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Retorno a las raíces. Vida Pasión y Poder.
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