“permanecieron ocultos y transmitieron unos a otros, entre susurros, la vieja enseñanza” – ALEISTER CROWLEY

“Los ancianos, cuya sabiduría es tan desdeñada por aquellos que no la han estudiado, pero que se contentan con la pretensión de entender la ciencia moderna, que no engaña a nadie, habrían sonreído al observar lo a menudo que los “últimos descubrimientos” corresponden a alguna ocurrencia de Aristóteles o al alguna especulación de Heráclito. Las universidades más remotas, de poca monta, americanas, que imparten ganadería o minería, para que se vea, están plagadas de presuntuosos maestrillos a los que no se permitiría barrer un laboratorio en Londres o Berlín. Lo que estas personas ambicionan es conseguir una entrevista ilustrada en un suplemento dominical, con un relato completo de sus maravillosos hallazgos, que han revolucionado el arte de extraer huevos. Son , especialmente, severos con los ceros a la izquierda como Charles Darwin. Su ignorancia los lleva a creer en las bravatas de los aduladores de la democracia que hablan a gritos cada semana del progreso, y de verdad creen que cualquier cosa que cuente con más de seis meses de existencia está obsoleta. No saben que esto es sólo la verdad de la basura chillona que crece como hongos, al igual que lo que ellos califican como verdadero.

La diferencia fundamental entre la ciencia antigua y la moderna se encuentra, en absoluto, en lo teórico. Sir William Thomson era tan metafísico como Pitágoras o Raymond Lully y Lucrecio, tan materialista como Ernst Haeckel o Büchner.

Pero nosotros hemos elaborado medios de medición precisa que ellos no habían descubierto y, a consecuencia de esto, nuestros métodos de clasificación son más cuantitativos que cualitativos. El resultado ha sido la ininteligibilidad de la mayoría de su ciencia; ya no sabemos lo que querían decir exactamente con los cuatro elementos o con los tres principios activos, sulfuro, mercurio y sal. Algunas tradiciones han sido conservadas por sociedades de hombres sabios, que debido a las persecuciones, en los tiempos en los que la posesión de cualquier otro libro que no fuera un misal, podría ser considerado una herejía, permanecieron ocultos y transmitieron unos a otros, entre susurros, la vieja enseñanza.”

*****

“La única parte tapizada era aquella en la que residía el círculo. El resto del suelo y las paredes, que se inclinaban hasta encontrarse en un punto, estaban desnudas.

Entró cuidadosamente en el círculo, levantándose el vestido. La hermana Cybele la miró sin pestañear. En el rostro de la mujer se podían adivinar un millar de propósitos malignos, una crueldad tan diabólicamente ardiente como diabólicamente fría era la de Cyril. Al contemplar aquellos ojos, ella estuvo segura de haber caído en poder de criaturas del todo abominables. La hermana Cybelle estalló, de repente, en una carcajada corta y violenta, luego se echó a un lado, y Lisa, al girarse con rapidez, sólo pudo ver la puerta que se cerraba tras ella. Sin hacer caso a la advertencia, salió corriendo tras ella impulsada por su instinto de autoconservación, pero no se escuchaba nada al otro lado de la puerta. La golpeó, emitiendo un feroz y horrible grito, pero sólo le contestó el silencio.”

Aleister Crowley – “La Hija de la Luna”

Editorial Humanitas 2000

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